El Espíritu de Dios se hace presente, en medio de las ambigüedades y traiciones del ser humano, involucrándose en los procesos dialécticos que marcan la historia. Desde el lugar de la conciencia, nos interpela a todos a darnos cuenta de lo que debiera ser la sociedad para ser realmente humana y fraterna, y nos impulsa a reaccionar. El autor recorre la historia de la Iglesia para mostrar cómo el Espíritu de Dios se manifiesta en medio de sus contradicciones, crisis y relaciones con el poder, impulsando continuamente un retorno al Evangelio y a la espiritualidad de Jesús. Destaca momentos de renovación como el Concilio Vaticano II, la opción por los pobres en América Latina y las acciones de cristianos comprometidos con la justicia y la solidaridad. Finalmente, sostiene que el Espíritu actúa en la conciencia humana, interpelando a las personas frente a la injusticia y motivándolas a trabajar por una sociedad más humana, fraterna y solidaria
Si los migrantes son hoy un 8% de quienes residen en territorio nacional, la forma como nos integremos y respetemos dará cuenta de qué proyecto de país queremos impulsar. El autor plantea que la pandemia ha afectado especialmente a los grupos más vulnerables, entre ellos la población migrante, evidenciando desigualdades y dificultades de integración que ya existían en Chile. Frente a esta realidad, sostiene que es necesario fortalecer el diálogo, la escucha y el respeto entre chilenos y migrantes, evitando la discriminación y los prejuicios. Asimismo, propone avanzar en una política migratoria de largo plazo, mejorar el acceso a programas sociales y promover una educación intercultural. En definitiva, invita a reflexionar sobre qué tipo de país queremos construir, apostando por una sociedad más inclusiva, solidaria y colaborativa
Este difícil momento, donde nuestras formas de vida habituales están interrumpidas, es ocasión de preguntarnos qué es lo importante para preparar a los estudiantes para construir en un mundo frágil, volátil e incierto. Los autores plantean que la pandemia no solo alteró profundamente la educación, sino que también dejó en evidencia las desigualdades existentes entre los estudiantes, especialmente en el acceso a recursos y oportunidades de aprendizaje. Frente a esta realidad, proponen aprovechar la experiencia de la crisis para repensar el papel de escuelas y universidades, orientando la educación hacia la formación de personas más solidarias, conscientes de su pertenencia a una humanidad común y comprometidas con un futuro sostenible. Para ello, consideran fundamental preparar a los estudiantes para desenvolverse y contribuir a construir un mundo cada vez más frágil, cambiante e incierto